Parque Industrial: Novela proletaria

Capítulo 9: LA VACILACION DEL BURGUES

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LA VACILACIÓN DEL BURGUES
 
Otavia y Rosinha viven juntas ahora. En el mismo vecindario donde Matilde viniera poco antes a alojarse con su madre en decadencia.
La entrada de un automóvil de lujo anima la villa colectiva. Eleanora baja, elegante, cohibida.
-¡Matilde! Recibí tu dirección. Qué horror, que vivas aquí…
-¿Qué es lo que quieres? Mamá perdió el empleo. Está envejeciendo.
-Sigue muy linda, ¡no digas tonterías! ¡Si quisieras vivir conmigo!
-Si no fuera por mamá…
-Sí, a ella no la puedo llevar… ¿Me vendrá a ver siempre?
-¡Claro! No sabía que querías…
-¡Tonta! Yo soy la misma. Tú fuiste mi mejor amiguita. ¿Qué es lo que haces aquí?
-Estoy estudiando. Converso mucho con dos vecinas de aquí al lado. Estuvieron acá hace poco. Las conozco de la fábrica.
-¿De qué puede hablar una operadora? La misma manía de Alfredo. Ese tiempo perdido lo puedes gastar conmigo. Ven a almorzar mañana… Un beso chupado, negrita.
 
Alfredo lee y siempre toma notas. Eleanora se entretiene con el Xuxuzinho. El cachorro perfumado lame gustosamente las uñas esmaltadas. Hace cabriolas sexuales en la vuelta roja de la pijama.
-Alfredinho. Te me vas a ausentar. Matilde, ven acá. No quiero a nadie perturbándome. Vuelve para el té.
-Volveré mañana.
-¡Mejor!
Matilde llega, pálida en el tailleur[1] modestísimo. La boina rusa esconde los ojos tiernos. Alfredo le besa las manos y sale en el mismo instante.
Ming sirve los aperitivos.
 
La risilla infantil desaparece poco a poco con los besos. El almuerzo fue corto. Ming se fue. Matilde fue desnudada y amada.
-No te dejo hoy. Vamos de farra esta noche. Tenemos que acabar estas garrafas.
El champán vertido acentúa sus pequeños senos amoratados de virgen.
-Te gusta el lujo, Matilde…
-Me gustas tú…
-¿Por qué nunca quisiste, cuando yo estaba en la escuela?
-No tenías este apartamento ni estas bebidas deliciosas…
Eleanora le lastima los labios.
 
Alfredo llegó… Te va a llevar en el automóvil.
Matilde se vistió abatida. La cartera cenicienta está llena de dinero.
-Voy solo, Eleanora. ¡Gracias!
Alfredo salió también al domingo vacío.
 
Le sigue a la distancia. Consigue tomar el mismo tren. Bajan en la calle Silva Teles. La mañana de Brás está en movimiento. La verdulera no puede con el peso de su canasta. La mujer de las bananas gime su canto indolente.
Matilde desaparece en el portón largo del vecindario. Alfredo se apresura. La encuentra sollozando agarrada a una muchacha descalza. Recuerda. Es la aprendiz de costurera con la que había hablado en la Esplanada.
-¿Viniste con él? ¿Te hizo algo?
-¡No! ¡No fue él, habla con él!
-¡Yo no!
Otavia lo deja, exclamando:
-Estará avergonzado de hablar con mis pies descalzos…
Alfredo se acerca…
-No vayas a ver más a Eleanora, Matilde…
-No lo haré…
-¿Vive esa mujer aquí?
-Ella vive con otra chica en el número 10.
Una rubia oxigenada aparece, en un ropaje de colores, aparece llamando…
-Entre, aunque sea un momento, señor Alfredo. Venga a tomar un cafecito…
Es la madre de Matilde.
 
[1] Sastre.

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