Drucker, Johanna - Performative Materiality
1 2023-10-30T00:41:49-07:00 Alberto Tagle 39277dc1900e1238e2544a607393307d200d1d49 42648 1 plain 2023-10-30T00:41:49-07:00 Alberto Tagle 39277dc1900e1238e2544a607393307d200d1d49This page has tags:
- 1 media/Bibliografia.jpeg 2024-04-21T23:31:21-07:00 Alberto Tagle 39277dc1900e1238e2544a607393307d200d1d49 Bibliografía Alberto Tagle 18 image_header 2024-05-04T04:58:20-07:00 Alberto Tagle 39277dc1900e1238e2544a607393307d200d1d49
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media/Non-human post-antrophrocentric universe of materiality and technology, Global View.png
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1.5 La mediación técnica y su materialidad
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La agencia como un concepto central para enmarcar la forma del proceder de la investigación posthumana cimenta que las formas de relacionabilidad de los agentes es lo que permite su posterior conceptualización, siempre en constante movilidad. La primera controversia que establece Latour, por ejemplo, en Reensamblar lo social es que no hay grupos, sólo formación de grupos en cuanto la estabilización de estos está siempre sujeta a la posibilidad de cambio. Presuponer una estructura previa de lo humano, de la autoría, de los grupos sociales es momificarlos, es dar por hecho su existencia y no preguntarse por su forma de hacer. La consideración de la agencia de lo no-humano –con el aplanamiento ontológico que esto conlleva– implica asumir que estos agentes no sólo modifican lo humano, sino que lo componen. Esta composición –ahora situada en un tiempo, entorno mediático, espacio y condiciones particulares– no sólo tiene peso dentro de las configuraciones materiales; es decir, esta imbricación no sólo se articula en la diferencia que implicaría utilizar una bicicleta o un caballo como medio de transporte, sino que también la percepción, la subjetivación, la memoria, la forma que toma nuestro conocimiento y entendimiento están constituidos desde y a través de estos ensamblajes. Bernard Stiegler, amparado en los estudios de Katherine N. Hayles, piensa en las formas atencionales (2) de nuestra percepción mediada y que hace un par de siglos décadas un lector tuviera la capacidad de permanecer atento a su novela durante un lapso prologando está profundamente relacionado con el enclave técnico en el que se encontraba de la misma manera en que en la actualidad Gary Hall comprende que la mediación digital contribuye exponencialmente a desórdenes como el déficit de atención, la constante ansiedad, el pánico generalizado y la normalizada depresión debido a una constante sobreestimulación e hiperconexión en nuestras formas de vida:
Si bien consideramos verdadero, como se ha mencionado previamente, que siempre fuimos posthumanos en la medida en que pensamos que ontológicamente siempre nos hemos determinado –que no sólo influido– de forma relacional con la materialidad también resulta verdadero que dichas formas de relacionarse están sujetas al cambio. Es en este sentido que Gary Hall (57) piensa que la filosofía que hace Bernard Stiegler respecto de la técnica resulta fundamental para comprender las particularidades de un mundo tecnificado hasta los más insospechados límites.
Bernard Stiegler, en su obra La técnica y el tiempo I: El pecado de Epimeteo, argumenta que las preguntas ¿Quién es el hombre? y ¿qué es la técnica? (203) no pueden ser respondidas de manera independiente. Para Stiegler, a través de una lectura hecha con Heidegger en mente, la forma en la que el ser humano es capaz de insertarse en el mundo, y por lo tanto en el tiempo, es a través de la técnica. Para Stiegler ese ser prístino, puro –en la medida en que es previo a la técnica– que teoriza Rousseau en Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres ni siquiera es hombre en cuanto que “[m]ientras el salvaje no esté en el desequilibrio de la libertad, mientras que su perfectibilidad permanezca en potencia y no perturbe el juego originario de la naturaleza y de su naturaleza propia, mientras que su poder no se haga real, es decir, técnico, no tiene el sentimiento de la muerte y no anticipa: no está en el tiempo (184)”. Hasta los objetos técnicos más rudimentarios, como los creados para la caza, implican una condición de previsibilidad la cual resulta fundamental en la visión tecnológica y ontológica de Stiegler. Todo objeto técnico, así como su relación con los ya adoptados, es capaz de permitir ciertas formas de relación con el mundo y, por lo tanto, con el tiempo. Así, la agricultura, en cuanto técnica que favorece el almacenamiento de energía metabólica materializada en alimentos, posibilita maneras de sociabilidad sedentarias y mucho más conscientes respecto del paso del tiempo en términos de estaciones, así como configuraciones respecto del espacio para sembrar que deviene en la noción de propiedad. Es por esta base de pensamiento que Hall considera a Stiegler, sin ser posthumanista, como un filósofo que puede ser un punto de partida para la investigación propiamente posthumana. Sin embargo, el propio Stiegler comprende que nuestra relación con la técnica –más allá de que entienda dicha relación con un carácter protagónico– es muy diferente en un momento en el cual hay una tecnificación de todos los dominios de la vida (204).
Desde el trabajo de Gilbert Simondon, Stiegler plantea que los procesos de transindividuación –entendidos como los procesos de transformación mutuos entre los individuos y los objetos técnicos, del cual Stiegler pone énfasis en cómo las experiencias colectivas, como lo puede ser la educación, surgen de este tipo de procesos provenientes de experiencias individuales (2) – son radicalmente diferentes en un entorno mediático ensamblado industrialmente: “[l]a caracterización de la máquina por el automatismo desconoce su virtud, que es también su verdadera autonomía, a saber, la indeterminación [...] En la época industrial, no es él [el hombre] el origen intencional de los individuos técnicos tomados por separado que son las máquinas. Más bien ejecuta una cuasi-intencionalidad de la que es portador el objeto técnico mismo (103)”. Hay una transformación que va de entender al hombre técnico como un “actor intencional” con un conocimiento técnico sobre la acción a devenir un “operario” de objetos técnicos cajanegrizados que le son incomprensibles. En un enclave donde los objetos técnicos provienen de los objetos técnicos mismos y su complejidad e inaccesibilidad articulan nuestras formas de vida y relacionabilidad es que una visión como el posthumanismo toma especial relevancia. Siempre fuimos posthumanos, pero cada vez es más urgente saberlo y actuar desde tal concepción.
Bajo estas ideas es que no podemos comprender la autoría simplemente como la sustantivación o la adjetivación de individuos singularizados, porque las formas que puede tomar la autoría dependen tanto de bases materiales como técnicas para su existencia. Incluso la concepción ilustrada de un hombre universal es comprensible partiendo de que “[...] todo humanismo es logocéntrico. Privilegiar la escritura alfabética es privilegiar al hombre, el ʻfono-logocentrismoʼ (206)”. De ahí que la aspiración ilustrada de Kant se sujeta de una inscripción escritural del uso público para un universo de los lectores (86). Escritura y autoría no es que sean exclusivamente dos fenómenos depositarios o ejemplares de los ideales del hombre abstracto de la modernidad, sino que son dos técnicas que moldearon dicha concepción. Reconfigurar alternativas de la autoría individuada, por lo tanto, no sólo es una pretensión de pronunciarse en el marco de la teoría literaria o los estudios del arte o la estética, en la medida en que (véase subrayado de la página 26):
En este sentido, Donna Haraway da una enorme importancia a la escritura, así como a la autoría, porque la entiende tecnología primordial del cyborg (302) desde la encriptación del genoma humano hasta la creación de patentes, como derechos de autor, de Monsanto. En un mundo prácticamente englobado a través de su digitalización –como escritura en código– la escritura, su autoría y la materialidad de la que se soportan se vuelven fundamentales para entender nuestra relación mediada con el mundo.
Estamos en un momento en el que el grado de imbricación técnica es de tal profundidad que Teresa Aguilar García en su Ontología Cyborg considera que “[e]l cuerpo se revela como inservible sin las prótesis tecnológicas que lo capacitan para funcionar en el mundo actual (57-58)”, adherido a la cooptación prácticamente total del mercado respecto de los objetos técnicos. Nuestra relación con los objetos técnicos –anclado a su grandísimo nivel de opacidad que nos sitúa en una desventaja considerable– ha sido apropiada por una distribución mercantilista de estos: los laboratorios de I+D, las industrias de ensamblaje, las cadenas y redes de distribución, los espacios de almacenaje, las formas de venta y los patrones y modos de consumo de los objetos técnicos están entramados desde una ambición monetaria y devienen así en objeto de consumo. Paula Sibilia considera que el hombre postorgánico se entiende pensando que “en la sociedad contemporánea tanto la noción de masa como la de individuo han perdido preeminencia o han mutado. Emergen otras figuras de aquéllas [sic]: el papel del consumidor por ejemplo (34)”. Pero los modos por los cuales nos relacionamos con la tecnología industrializada y la forma en la que somos mediados por ella no está determinada por su constitución. En este sentido es que Adema entenderá que: véase la página 62 de Living Books mostrado anteriormente.
El hacer hacer de los ensamblajes de las agencias no-humanas y humanas no puede ampararse en un d̶e̶t̶e̶r̶m̶i̶n̶i̶s̶m̶o̶ ̶t̶e̶c̶n̶o̶l̶ó̶g̶i̶c̶o̶ que entienda que los efectos de las tecnologías son sólo inherentes de sus características materiales y de uso, ni tampoco en un ̶c̶o̶n̶s̶t̶r̶u̶c̶t̶i̶v̶i̶s̶m̶o̶ ̶s̶o̶c̶i̶a̶l̶ que desdeñe por completo dichas características rígidas de los objetos técnicos en aras de un entendimiento meramente político, moral, afectivo y estético de su uso e influencia. La agencia implicará, por lo tanto, formas de co-constitución entre lo humano y lo no-humano. Por ello, Stiegler entiende que el quién del hombre y el qué de la técnica son inseparables. Asimismo, entiende que la tecnología y los modos en que rearticulan nuestra atención desde la noción platónica –como crítico de la tecnología escritural que exterioriza y espacializa la memoria conduciendo a la pérdida de ésta en los propios individuos– de pharmakon en tanto que “is the thought that all exteriorisation leads to the possibility, not only for knowledge but for power, to take control of these processes of transindividuation (12)”, porque las mediación ejercida no sólo depende de su composición técnica como una visión determinista propondría. Para Stiegler, por ejemplo, las formas de adopción se tornan elementales para aminorar o expandir sus efectos: así como el pharmakon, la dosis hace la cura o el veneno. Sin embargo, como opina Eugenio Tiselli la dosis de la implementación tecnológica no debe ser pensada cuantitativamente: los efectos de la adopción de un objeto técnico pueden dosificarse por medio de adaptaciones divergentes que no correspondan a sus programas de acción –“[u]n primer sentido de mediación [...] es el de programa de acción, la serie de metas, pasos e intenciones que un agente puede describir en un relato como el de la historieta del arma (253)”– preestablecidos. Véase la carta escrita por Tiselli para Nadia Cortés:
En ese sentido, podríamos argumentar que ejemplos señalados en secciones anteriores como el problema que muestran los ensayos del libro Autorías encarnadas: Representaciones mediáticas del escritor/a es justamente que se centran en formas paradigmáticas que no cuestionan ni el soporte técnico de la autoría ni de su propia inscripción textual. Pensar mediáticamente la autoría tiene que ir mucho más allá de simplemente cuestionarse en qué poses o fondos fue fotografiado Mallarmé o cómo era convertido en un personaje Juan Rulfo al ser entrevistado por Joaquín Soler Serrano. Las mediaciones técnicas no sólo permiten nuevas formas mediales de presentar y representar la autoría individuada –en la medida que también lo hacen– sino que también, y más importante aún, alteran las posibilidades de emergencia de nuevas formas de autoría. Este proyecto busca, por lo tanto, articularse como un tecnotexto teorizado por N. Katherine Hayles (25) como:
Podemos considerar que cuando una autoría escritural interroga la inscripción tecnológica que permite su producción crea una reflexividad entre el mundo imaginativo y el aparato material encarnado como presencia física. Aquí es fundamental comprender que la materialidad no sólo debe entenderse desde la visión de los objetos técnicos a los que se refiere Stiegler a través de dos aclaraciones: primero, suscribimos al entendimiento de una materialidad performativa como la que enuncia Johanna Drucker en la medida en que (véase el subrayado del párrado 10):
Si Harman nos sugería que no es posible reducir un objeto sólo a través de sus relaciones factuales, tampoco se trata de reducirlo sólo a sus características intrínsecas. Segundo, la materialidad no debe sólo ser pensada desde las condiciones de la objetualidad técnica ya cajanegrizada porque, en palabras de Jussi Parikka “la materialidad de los medios comienza mucho antes de que los medios se conviertan en medios. En segundo lugar, y paralelamente a ello, necesitamos ser capaces de discutir sobre los medios que ya no son medios (82)”. Un análisis materialista que considere la agencia de lo no-humano debe, en ese sentido, entender que la rastreabilidad se despliega en distintas capas de la temporalidad que sobrepasan y anteceden lo humano mismo. Una computadora no es el objeto sustancial que tengo frente a mí y en el cual estoy (estuve) escribiendo estas palabras; una computadora también es el cobre utilizado en sus buses de comunicación que trasladan las instrucciones del teclado al procesador o el indio, aluminio y estaño que se requieren para fabricar su panel LCD; una computadora también es la suma de todas las cargas eléctricas retenidas en las celdas del SSD, fabricadas principalmente a base de silicio, que son traducibles a código binario; una computadora también es la suma de cargas eléctricas específica que almacena la edición Home de la licencia preinstalada del Sistema Operativo Windows. Aunque tampoco debemos comprender que su materialidad está enteramente dentro de su chasis porque sería una visión sustancial: debemos mirar relacionalmente a través de tiempos y espacios. Los más de 1500 litros de agua utilizados en su producción, los residuos sintéticos de ácido perfluorooctanoico (PFOA) –evidentemente nocivo para la salud– deprendidos del proceso de fotolitografía necesario para la creación de procesadores, hechos a base de silicio, compuestos por transistores que apenas si son 50 o 100 veces más grandes que un átomo de helio o los más de 4000 años que tarda una computadora en degradarse también son esta computadora. En este sentido, cuando referimos a lo no-humano también inscribimos al tiempo, al espacio, al mundo. Las redes de agenciamiento no deben implicar una homogenización de la realidad ni un ultrahumanismo que piense a los agentes no-humanos desde los límites de nuestras percepciones: el espacio de los estratos geológicos es indiscernible e inexperimentable para nosotros, el tiempo de las almejas de Islandia tampoco es el nuestro, basta con pensar, como sugiere Parikka, que incluso cualquier bolsa de basura que utilizamos y utilicemos a lo largo de nuestra vida tendrá una presencia mucho más larga que nuestra propia existencia (222).
Partir de un concepto como las naturalezas mediales de Parikka donde hay una doble articulación en la medida en que los medios traman y co-construyen nuestras percepciones sobre la Tierra al tiempo que los medios son posibles gracias a la Tierra misma refuerzan el alejamiento de las lógicas dualistas que separan lo natural de lo artificial, lo natural de lo cultural, etc. Pensar tanto en la mediación técnica y la forma en la que nos vemos mediados y mediamos a los soportes escriturales y su materialidad debería conducirnos a maneras de tramar la autoría que vayan más allá de los límites de nuestra subjetivación pero que no ignoren su agencia, una base de pensamiento posthumanista debe producir iteraciones posthumanas de la autoría: por ejemplo, como veremos en la segunda y la tercera parte, las autorías posthumanas ya no se anclan, necesariamente, en escrituras alfabéticas que apunten a significados, las autorías pueden devenir conceptuales, distribuidas; las autorías pueden emerger a velocidades subfenomenológicas tan aceleradas como en el procesamiento del código binario. Es objetivo de este trabajo visualizar esta apertura de las autorías hacia la materialidad, la agencia y la responsabilidad de lo no-humano.
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media/La desapropiación como práctica social y estética de comunalidad.png
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2.2 La desapropiación como práctica para otras formas autorales
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Proponer la agencia como uno de nuestros conceptos principales para el análisis de las autorías posthumanas se origina en la posibilidad de entender a los agentes no-humanos más allá de su visión como objetos depositarios de nuestra voluntad. Partir de una base de pensamiento posthumanista también nos obliga a situar nuestras propias claves filosóficas. En este sentido, Rosi Braidotti sugiere, en El conocimiento posthumano, que el posthumanismo, entendido como el intento de superación de un ideal de humanidad universal, no puede articularse sin nombrar también una condición postantropocéntrica vista como un pensamiento “crítico con la jerarquía de las especies (3)”. La autora sugiere que, globalmente, el momento en que estamos situados para articular el pensamiento posthumano se encuentra atravesado por “[l]os flujos migratorios globales y el desplazamiento de poblaciones, las disparidades económicas crecientes, las expulsiones en masa, el racismo y la xenofobia al alza, la guerra exhaustiva y el cambio climático son los marcadores de nuestra historicidad (56-57)”. Pensamos, por lo tanto, que no podemos tramar la agencia de las autorías escriturales desde nuestra posición sin el entendimiento de lo que Cristina Rivera Garza llama agencia social, la cual entiende como "la capacidad del ciudadano de producir su propia historia a través de estrategias tales como la resistencia, el acomodo o la negociación (27)”. Rivera Garza postula esta agencia como un punto de partida que busca generar historia sin victimismo o pasividad en la medida en que los agentes no son entendidos bajo dualismos categóricos como los de activo/pasivo o sujeto/objeto. Piensa que en un país donde la capilaridad de las acciones del crimen organizado parece ensamblarse hasta en la más cotidiana de las actividades muchos de los matices que toma la agencia devienen una condición trágica. Si pretendemos tomar una postura que nos sitúe en aras de demarcarnos fuera de cualquier tipo de abstracción idealizada entonces rastrear materialmente la agencia para pensar la autoría escritural no puede ignorar que escribimos desde un escenario donde las autorías son coartadas desde el indiscriminado asesinato de periodistas, por ejemplo. La propia Rivera Garza conceptualiza, en relación con las oportunidades que tiene la escritura en dicha coyuntura, la desapropiación como:
[d]e ahí, y por eso, la creciente relevancia crítica que han adquirido ciertos procesos de escritura eminentemente dialógicos, es decir, aquellos en los que el imperio de la autoría, en tanto productora de sentido, se ha desplazado de manera radical de la unicidad del autor hacia la función del lector, quien, en lugar de apropiarse del material del mundo que es el otro, se desapropia. A esa práctica, por llevarse en condiciones de extrema mortandad y en soportes que van del papel a la pantalla digital, es a lo que empiezo por llamar necroescrituras en este libro. A la poética que la sostiene sin propiedad, o retando constantemente el concepto y la práctica de la propiedad, pero en una interdependencia mutua con respecto al lenguaje, la denomino desapropiación (19).
Como indica Rivera Garza, podríamos entender la desapropiación como una inclinación hacia una visión no apropiacionista, en el sentido más mercantilista del término, de los fenómenos provenientes de las prácticas escriturales que se dan “[e]n circunstancias de violencia extrema, como por ejemplo en contextos de tortura, las argucias del necropoder logran transformar la natural vulnerabilidad del sujeto en un estado inerme que limita dramáticamente su quehacer y su agencia, es decir, su humanidad misma (30)”. Las prácticas de desapropiación, y por eso nuestro especial interés en partir de ellas para este ejercicio, tratan de responder a un escenario antropogénico, en palabras de Braidotti, de extrema vulnerabilidad (80). De igual manera y con su rechazo a la depredación privativa y mercantilista de la cultura, la desapropiación puede operar como una técnica que no atienda a ciertos intereses que se inclinen hacia los ideales de originalidad o propiedad, en la medida en que “[r]eescribir, en este sentido, es el tiempo del hacer sobre todo con y en el trabajo colectivo, digamos, comunitario e históricamente determinado, que implica volver atrás y volver adelante al mismo tiempo: actualizar: producir presente (65)”. Nos resulta fundamental, por lo tanto, subrayar las diferencias que hay entre la apropiación –una técnica que tomó una gran relevancia en el siglo pasado a través de prácticas como el collage o el pastiche al grado de que Fredric Jameson la consideran como la estética misma de la posmodernidad– y la desapropiación para la orientación de este mismo experimento escritural y, por lo tanto, nos serviremos de un par de ejemplos.
La apropiación, la cual podríamos asociar con prácticas visuales como los collages de Richard Hamilton o versiones textuales como el cut-up de William Burroughs, lo es en la medida en que sigue anclada en modelos e idearios que premian y priorizan conceptos como los de genialidad, individualidad, propiedad, etc. Consideramos como ejemplo de una práctica de apropiación el libro de Juan Alcántara Cuaderno Nielo en la medida que es una reiteración y confirmación de una autoridad singular ya que el poemario surge de una captura e intervención de El novelino, una colección de cuentos medievales del siglo XIII. Sin embargo, El novelino mismo fue producido y reproducido en un contexto primordialmente oral y de circulación de boca en boca, los relatos tomaron múltiples formas y variaciones antes de ser fijados en la escritura. Alcántara parece querer suscribirse a la condición fluctuante de los cuentos a través de su recomposición en verso como una forma de querer volver a ponerlos en movimiento, pero lo que realmente hace es suscribirlos en un entramado de autoría y autoridad que “vuelve propio lo ajeno” en lugar de “busca[r] enfáticamente desposeerse del dominio de lo propio, configurando comunalidades de escritura que, al develar el trabajo de los muchos [...] atienden a lógicas del cuidado mutuo y a las prácticas del bien común que retan la naturalidad y la aparente inmanencia de los lenguaje del capitalismo globalizado (19-20)”. El margen, nunca estático, que pudiera definir los límites que separan la apropiación de la desapropiación es difuso y jamás depende, exclusivamente, de una determinación individuada del quehacer y de la atribución de los fenómenos culturales mismos ya que siempre tienen que ser ponderadas las condiciones, incluyendo las sociotécnicas, en las que se efectúa.
La propia Rivera Garza escribe sobre el tomar escrituras previas, en el epílogo hecho para la obra La Compañía de Verónica Gerber Bicecci, que: “[e]stá, por principio de cuentas, el proceso de selección, que a menudo incluye una revisión exhaustiva de los contextos de producción y distribución de las obras que nos vienen del pasado. Y están, después, los mecanismos concretos de intervención que, actualizando las obras, las harán partícipes de diálogos muy concretos con el presente (208)”. Es decir, no sólo es que el Cuaderno Nielo se enrede en una contradicción al querer darle una nueva vida y fluidez a los textos de los cuales se alimenta imponiéndolos desde los modelos propios de la fijeza del libro mercantil de autoría individuada, sino que también encapsula dentro de sí una concepción apropiacionista que ignora que las actualizaciones siempre están situadas y sirven para generar nuevos diálogos y relaciones. Es una actualización de la fijeza y no de la movilidad, en el sentido que Edward Said considera que:estudiar la literatura como una escritura dada de forma inerte, canonizada en los textos, libros, poemas, dramas y demás obras, es tratar como algo natural y concreto aquello que se deriva de un deseo –escribir– que es incesante, diverso y enormemente antinatural y abstracto, puesto que “escribir” es una función que nunca se agota en la finalización de un texto escrito. Por consiguiente, solo un interés teórico por los abstracto –un interés general por lo que es cognoscible de forma permanente si bien está sujeto a numerosas contingencias– tiene alguna posibilidad de ocuparse de un impulso tan aparentemente limitado y original (200).
La apropiación de Alcántara no funciona más que como una iteración más de El novelino, como si mostrara la versión de Alcántara de El novelino y no más. Por otra parte, podríamos considerar como un ejemplo más cercano a la desapropiación que teoriza Rivera Garza el proyecto La Compañía de Bicecci. En su página legal se indica que:
mientras que el libro está ensamblado a través de una selección que conglomera testimonios, entrevistas con especialistas, informes técnicos, notas de prensa, planos y, como una de las fuentes principales, el relato “El huésped” de Amparo Dávila. El tema que atraviesa todas las escrituras –a excepción del cuento originalmente– es Nuevo Mercurio, un pueblo zacatecano creado alrededor de una mina de extracción de mercurio que tuvo su auge de 1940 a 1970, del cual se muestra la impunidad y los residuos de una descomunal catástrofe ecológica. La actualización del relato de Dávila se realiza por medio de la transposición e incrustación de éste en torno a la explotación minera y sus consecuencias. Rivera Garza menciona que en esta forma de administración textual “cuyo script es apenas esbozado por la serie de decisiones de las que, sin embargo, la autora se vuelve absolutamente responsable: la elección y la ubicación de los materiales. De ahí en fuera, la experiencia es nuestra (203)”. La autoría ya no está en la atribución creativa como en el Cuaderno Nielo, sino en la responsabilidad del ensamblaje, en la responsabilidad de la nueva red de relaciones creadas y de las traducciones ahí posibilitadas.
Si bien las prácticas de (des)apropiación y de reescritura no son recientes ni nuevas, en nuestra búsqueda de entenderlas como formas escriturales que permiten la posibilidad de entrever modos de autoría lejos de la noción individuada, lo fundamental es también enlazarlas en un momento sociotécnico particular que las traduce a nuevos términos. Walter Benjamin ya sostenía en El autor como productor que “[s]ólo teniendo en cuenta las realidades técnicas propias de la situación actual, podremos comprender las formas de expresión que dan cauce a las energías literarias de nuestro tiempo (13)”. En este marco, es necesario diferenciar los collages de Richard Hamilton o los cut-up de William S. Burroughs de las instrucciones copiar y pegar de los procesadores de texto digitales en la medida en que el entorno sociotécnico es muy diferente. El propio Lawrence Lessig, uno de los principales agentes en la creación del proyecto Creative Commons, considera que “no hay nada esencialmente nuevo en el remix. O dicho, de otra forma, la parte interesante del remix no supone algo nuevo. Lo único que es nuevo es la técnica y la facilidad con que puede compartirse el producto de dicha técnica (116)”. La desapropiación en el entorno sociotécnico actual, que se ve mediada también por una situación de profunda vulnerabilidad, parece no ser compatible con la hegemonía de la comprensión de la escritura como un lirismo y expresión de una individualidad y, debido a ello, puede dejar de ser extracción y robo de significados instituidos. Cuando el valor literario no se ampara ni en el intentio auctoris como una autoridad que articula un significado susceptible de ser interpretado y atribuido entonces la desapropiación se convierte en una técnica –aunque Rivera Garza prefiera llamarlo “poética”– que pone de manifiesto el propio fracaso de una supuesta autonomía tanto de la literatura como de la autoría a la hora de ser conceptualizadas desde esta supuesta autonomía y, por lo tanto, de la teoría de la literatura. Es lo que Josefina Ludmer entiende como las literaturas postautónomas en cuanto que:[e]stas escrituras no admiten lecturas literarias; esto quiere decir que no se sabe o no importa si son o no son literatura [...] Aparecen como literatura pero no se las puede leer con criterios o categorías literarias como autor, obra, estilo, estructura, texto, y sentido [...] Representarían a la literatura en el fin del ciclo de la autonomía literaria, en la época de las empresas transnacionales del libro o de las oficinas del libro en las grandes cadenas de diarios, radios, TV y otros medios. Este fin de ciclo implica nuevas condiciones de producción y circulación del libro que modifican los modos de leer. Podríamos llamarlas escrituras o literaturas postautónomas (41-42).
La desapropiación en un entorno sociotécnico digital, donde todo tipo de escritura deviene en información, no es captura y reescrituras de significados, sino la desarticulación de las posibilidades de un significado autónomo mismo. Frente a la tiranía del significado como producto de una autoridad que otorga una supuesta estabilidad y fijeza, están las prácticas situadas y conscientes de su carácter relacional, donde no sólo es relevante la escritura misma, sino sus modos de distribución, protección, venta, consumo, accesibilidad, etc. en cuanto son parte de la viabilidad de su agencia. La desapropiación, como técnica que parte de una postura eminentemente política respecto de los fenómenos literarios, pretende cambiar la forma de unas relaciones jerárquicas para verter sus modos de hacer en relaciones más horizontales y distribuidas de comunalidad no solo humana que impliquen la inclusión de cualquier tipo de escritura, aunque no se ajuste a parámetros literarios. La presente investigación, bajo estas condiciones, busca conceptualizar alrededor de las autorías escriturales posthumanas y no desde las autorías literarias que se postulan desde una supuesta autonomía. Explorar las particularidades de una técnica que se ancla en la administración de lo ya escrito nos parece fundamental para la reconfiguración de las emergentes autorías, nos conduce a experimentar las oportunidades de desapropiación que se pueden ensamblar desde las técnicas digitalmente mediadas.
Siguiendo el pensamiento de Rivera Garza o del propio Lessig, la importancia de una técnica como la desapropiación no residiría en el acto mismo de copiar, sino en las condiciones en las que se da dicha copia, así como las actualizaciones que genera en lo copiado, en la conformación de nuevas relaciones que, pensando desde un enclave posthumanista, son las que determinan su condición situada. Por ejemplo, en el pasado, difícilmente podría hacerse la relación entre la explotación minera en Nuevo Mercurio con la literatura fantástica de Amparo Dávila. Escribimos que la relación difícilmente podría “hacerse” y no “mostrarse” porque suscribimos la idea de Johanna Drucker respecto de una visión performativa de la materialidad en la medida en que (véase párrafo 17):
Entendemos que en la desapropiación hay una suerte de actualización que debe ser situada y la cual deriva en una nueva rearticulación de lo copiado. Bajo este pensamiento, el experimento textual que hemos realizado pretende desapropiar la poesía de Ramón López Velarde y relacionarla con la actualidad de uno de sus tópicos centrales: su natal Jerez.