Glosario de lo Común

Paz

Son varias las investigaciones que han documentado los numerosos armisticios, comisiones de la verdad y procesos de paz que han existido en el país durante los siglos XIX y XX, decretados después de intensos períodos de violencia generalizada (Sanchez 2006), (Jaramillo 2014). Otros estudios se han interesado en investigar los proyectos de desarrollo, los cambios legislativos y las iniciativas gubermantales encaminados a llevar la paz a los territorios (Aparicio 2012). Unos más se han dedicado a seguir las marchas y las organizaciones de la sociedad civil que caracterizarían a la década de los 1990s como la “década de la paz” que terminarían por integrar la legislación de los derechos humanos y del derecho internacional dentro de los nuevos cambios constitucionales (Aparicio 2012), (Romero 2001, Tate, 2007). En definitiva, a la par de la violencia entendida de forma genérica, y asociada a la eliminación del enemigo en el país, no han sido pocas las iniciativas del Estado y de sus agencias para terminar con el conflicto armado y preparar el país hacia la paz. Por supuesto, es evidente que el debate crítico realizado tanto por académicos como activistas e intelectuales públicos a estas iniciativas es la de interrogar qué se entiende por “paz” en ellas, qué grupos sociales la definen y qué tipo de proyectos políticos, económicos, sociales y culturales se encaminan para tal propósito. Sin necesidad de entrar en este debate y en la muy abundante literatura que podríamos referenciar al respecto, es evidente que esta prescripción de la paz desde las instancias gubernamentales y legislativas ha entrado en tensión con intelectuales, organizaciones, movimientos y singularidades que, a la vez que retan estas prescripciones, proponen experimentar con, y practicar, otras visiones y contenidos de lo que implicaría “hacer la paz”.

De hecho, no son pocos los movimientos, organizaciones e intelectuales, como también lo confirmó el encuentro Formas de acción política y movimientos populares.., que han afirmado, a contrapelo de estas iniciativas gubernamentales de la paz, que ésta debe prefigurarse como un entramado de relaciones interculturales y con otros seres  humanos y no humanos, que no busque homogeneizar los diferentes ritmos de vida. Más aún, en estos contextos, la discusión sobre la paz emerge como algo que ‘hay que hacerse’ (es decir, que implica la acción) y que no puede pensarse sin tener en cuenta las nociones de territorio, vida y resistencia, a las que nos hemos referido en las secciones anteriores del capítulo. Se trata de una visión y de una práctica de la paz que, en su inminente relacionalidad, apunta a frenar los impulsos violentos de discriminación de cualquier tipo y de apropiación de los territorios de los viejos y nuevos extractivismos, que pueden ser impuestos por los proyectos de paz de la institucionalidad estatal. Por eso para estas iniciativas, la paz no es algo que viene del Capitolio o de los pactos entre las élites (Frente Nacional) o incluso de los diálogos de la Habana en la coyuntura actual. De hecho, para algunos movimientos, especialmente los urbanos articulados a las subjetividades divergentes, pensar y practicar la paz implica entender que ésta se constituye y se resuelve en las dimensiones subjetivas y afectivas, por lo cual, como se insinuaba en la sección de “resistencia”, es en esta dimensión ética, micropolítica, donde para estos movimientos tiene sentido comenzar a hablar de paz y practicarla.

Lo anterior también sugiere por qué, para las organizaciones más rurales como las indígenas y campesinas, no se trata de la puesta en práctica de una noción de paz neutral, sino de una enfrentada tenazmente con todos las hegemonías y articulaciones de poder que intentan gobernar mediante el sacrificio de poblaciones y seres, el silenciamiento de la diferencia o la censura de la comunicación dialógica. Aunque efectivamente las nuevas coyunturas de los diálogos de paz abren oportunidades para escuchar nuevas voces, el diagnóstico para estas comunidades rurales es claro: a la par del ritmo de la Habana se reproducen las lógicas desterritorializadoras del Plan Nacional de Desarrollo en el presente. De manera similar, para otros movimientos más asociados al internet y a la comunicación abierta, la búsqueda de la paz se ve frenada por iniciativas que intentan censurar los territorios virtuales. En ese sentido, para estos organizaciones tanto rurales como urbanas, se trata de una paz que, como lo mencionábamos en la sección de “resistencia”, pasa por la confrontación antagónica de esas violencias estructurales y también por la ocupación de espacios físicos y virtuales antes cerrados y censurados por las democracias liberales y neoliberales; pero también por un fuerte trabajo de experimentación consigo mismo y con otros, en los que se afirma la singularidad. 

Desde este punto de vista, aunque en las instancias estatales existentes se den efectivamente instancias de autodeterminación como los Cabildos, las Zonas de reserva campesinas, los consejos comunitarios y los llamados territorios agroalimentarios, la clave, como bien lo anunciaba José Santos del Proceso de Comunidades Negras en el evento del que hemos hablado, está en la construcciones de un proyecto de país alternativo; en su palabras: en poder  “construir una casa mucho más grande, y que pudiéramos construir una casa mucho más grande, y pensarnos entonces en construir un territorio intercultural, con las formas propias de gobierno al interior de esa casa, pero que el techo sea definitivamente lo intercultural, con unas puertas y ventanas abierta, pero con unos parales de buen «chachajo», para que sea resistente a la institucionalidad y a los megaproyectos”. Y es evidente que, en la construcción de esta casa, se deben problematizar aquellas formaciones sociales que no están preparadas para acoger a cuerpos pensados como anormales y con problemas de “salud”; formaciones sociales que terminan por determinar y cercenar violentamente deseos y posibilidades de diferentes subjetividades en devenir. En este sentido, la paz y también lo común tiene que pensarse desde la cualificación de la vida misma, entendida, según lo mencionábamos antes como un buen vivir practicado por las comunidades, y los cuerpos rurales y urbanos.

Por último, es claro que la construcción de paz, entendida como una práctica cotidiana, debe pensarse también como una pedagogía permanente que busque deconstruir (esa fue la palabra empleada por algunos líderes en el evento de la Universidad de los Andes) las certidumbres propias y de los otros para poder llegar así a convertir a los enemigos en adversarios, con los cuales se pueda conversar. Se trata, como lo destacan algunos movimientos y organizaciones que, de hecho, ya lo han intentado propiciar, desde el acervo de prácticas pedagógicas que han estructurado su agencia, de conversar con el otro cercano y lejano, humano y no humano, incluso con terratenientes, empresarios e industriales “en minga, en gavilla, para demostrarle que así se construye proceso”[1]. En ese sentido, la apuesta por la construcción de paz es la de un poderoso, afectivo y efectivo nodo articulador de la diferencia, como hermosamente lo recordaba la activista del colectivo Gordas-sin-chaqueta, Diana Pulido; un nodo articulador en el que se juega, de hecho, la construcción misma de lo común. Se trata entonces de una paz entendida como un proceso permanente y sin garantías[2]; más que un punto de llegada, es un horizonte permanentemente expuesto a una radical reflexividad; una pregunta que constantemente actualice el cuestionamiento y el reto por construir un concepto político que sea capaz de crear alianzas desde la diversidad de prácticas, como lo sugeríamos antes con la cuestión de la “universalidad desde abajo”; un escenario de disputas que está lejos de ser un ejercicio cándido y libre de espinas. De modo que, la paz, como la construcción de lo común, en el sentido en lo planteábamos al comienzo del capítulo, pasa también por el pensamiento y por romper paradigmas, de modo que podamos escaparnos, pero también confrontar, lo que la ambientalista indiana Vandana Shiva llamaría las “monoculturas de la mente” (Shiva 1993).  
 
[1] Testimonio recogido en el evento en la Universidad de los Andes.
[2] Por ejemplo, los mismos sujetos que participan de estos colectivos muchas veces pueden reconfigurar otras segregaciones o alinderarse con las nuevas ofertas institucionales, sin asumirlas críticamente. Además, las mismas fuerzas del Estado logran entender cómo funcionan estas nuevas herramientas y las utiliza a su favor; por eso, es claro que la noción de paz que aquí se presenta es una de incompletud y de permanente exposición.

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