Itinerarios coreográficos: Pilar Medina

Semblanza

Por Pilar Medina


Es muy probable que haya nacido con toda la disposición de vivir para los teatros. En el anecdotario familiar se decía que era costumbre verme subida en una silla recitando largas historias de animalitos o niñas que jugaban con los animalitos, y que los adultos cercanos sólo querían que me bajara de la silla y callara mi boquita. También cuentan que muy a menudo andaba en el patio de la casa cantando y bailando disfrazada de hada o bailarina. Estoy segura de que estas imágenes fueron tan recurrentes que mis padres decidieron llevarme a tomar clases de danza.

Por lo general el que una hija vaya a tomar clases de danza es positivo. Se ha pensado que la danza le dará a la niña una postura física femenina y la hará graciosa, por decir lo menos. A principios de los años sesenta lo mejor para la formación de una niña era el ballet. Así que mi madre ni tarda ni perezosa me llevó a una academia de ballet. Recuerdo que era un edificio de tres pisos y que en el tercero estaba la temible miss con palo en mano, grito en boca y el pelo tan restirado hacia atrás que parecía calva. Allí fui a dar y a vivir mis primeras clases como un castigo impuesto que obviamente acarreaba mucho susto.

Por fortuna todo cambió de rumbo cuando, al bajar del tercer piso después de una lección de ballet, escuché en el segundo piso una voz cálida y sonidos rítmicos de zapateados. Allí estaba lo que buscaba, lo vi por el visillo de la puerta: una maestra con sus alumnas bailando, dando vueltas, sonriendo y abrazándolas después de cada ejercicio. Una auténtica hada, una auténtica bailarina. Esa tarde le pedí a mi madre que me bajara del infierno y me cambiara al paraíso terrenal, que me llevara con la maestra Esperanza. Y con esta esperanza de sentirme viva y libre comencé mi periplo académico en la danza.

Inicié mis estudios de danza clásica española en 1960, a los seis años, con Esperanza de la Barrera y la maestra Carmen Burgunder. Ambas me enseñaban muchos pasos y varios bailes. El que más me gustó fue “La Florista”, una especie de violetera pero con canasta de claveles rojos, baile que aprendí con enorme facilidad y con la misma facilidad olvidé en el escenario, cuando lo inventé todo y caminé con decisión hacia el proscenio para lanzarle a mi padre los claveles que traía en la canasta. 

El baile que menos me hubiera gustado aprender era uno que el famoso maestro de baile español, el maestro Fernández, quería enseñarme. Yo dije que no, que me asustaban sus zapatos de tacón y que no quería verle la cara, por lo que la maestra Burgunder tuvo que aprendérselo para enseñármelo después. Lo mejor de los festivales eran los vestidos que confeccionaba la Sra. Carmen Vila, que vivía en el Centro de la ciudad de México, y las fotografías que me tomaba un conocido fotógrafo, “Cantera”, en la Avenida Insurgentes.

A los 8 años comencé a tomar clases con la maestra Martha Forte. Me decían que ella me iba a enseñar la técnica para bailar muy bonito. A Martha la vi tres veces por semana durante diez años y sí, aprendí a bailar braceando, zapateando, tocando las castañuelas, escuchando sobre todo el piano, girando, y cada dos años, como si fuera un premio, bailando en las funciones de la Academia de Danza Clásica Española en el Teatro del Bosque del Instituto Nacional de Bellas Artes. En una de esas funciones, antes de salir al foro, supe con claridad que el teatro era y sería mi casa.

Esos trece años de academia en la danza fueron la base de seguridad tanto técnica como interpretativa para desarrollar posteriormente un lenguaje expresivo escénico. Sin embargo, a esta base se sumaron varias inteligencias, como el maestro Óscar Tarriba, quien apoyó mi postura creativa iniciándome con lecturas, conversaciones y reflexiones alrededor del arte en general. Lo recuerdo concentrándose en legarme un compromiso de observación y acción con el arte, y en tomar la vida para la danza.

En 1975 obtuve el título de Maestra de Danza otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes. En ese tiempo esto significaba que yo podía pararme frente a cualquier grupo de alumnas e impartir clases de danza clásica española; sin embargo, seguí enriqueciendo mi vocabulario dancístico practicando con la maestra Pilar Rioja la “escuela bolera”, con la maestra Gladiola Orozco en técnica Graham, ballet clásico con el maestro Tulio de la Rosa, canto con el maestro Luis Rivero, pantomima blanca con la maestra Glenys Mc Queen, actoralidad con el maestro Juan Felipe Preciado, flamenco con Carmen Mora, flamenco y yoga con el maestro Manolo Vargas. Aprendí a tocar el piano con varios maestros, cursé el bachillerato en el Colegio Oxford y estudié francés en la Alianza Francesa.

Vestida con trajes de corte clásico español di funciones en algunos teatros de la Ciudad de México y de provincia. En estas presentaciones bailaba danzas aprendidas pero dándoles un cambio interpretativo y dramatúrgico, construyendo poco a poco mi necesidad creativa coreográfica. Más allá de las danzas aprendidas y del placer de comenzar mi periplo por los teatros y de experimentar mi comunicación con el público, dentro de mí había historias, relatos fragmentados y rupturas dancísticas con lo aprendido que generaban, por un lado, inquietud, y por el otro, una intensa aseveración de buscar imágenes, signos, símbolos, metáforas e historias no lineales dentro de contextos conceptuales.

En 1978 nació mi hijo Jerónimo, hecho que me marcó de por vida. Iniciaba mi vida acompañada, reflejada, multiplicada y guiada. Comenzaría a renacer cuantas veces fuera posible con tal de verlo crecer a él. Vivía el ensamblaje con un ser que no solamente le daría otra geografía a mi vida, sino que definitiva y amorosamente esculpiría mi tiempo y espacio, mi ritmo y silencios, mi resistencia y generosidad consciente.

En 1981, algunas actrices, músicos y yo fundamos el Taller de Experimentación Gestual, donde iniciamos una investigación que hasta la fecha me tiene ocupada y asombrada. Este taller abrió mi reflexión sobre las inmensas posibilidades del cuerpo en cada etapa de la vida y para cada creación coreográfica. A partir de entonces me sumé a los artistas que necesitan soledad para saberse, conocerse, inventarse y exponerse. Inicié la creación de obras coreográficas como bailarina solista poniendo atención en la selección de artistas colaboradores de diversas disciplinas para elaborar diseños de iluminación, vestuario, pista sonora, fotografía y difusión.

El encierro dio fruto con temporadas de funciones en teatros de la Universidad Nacional Autónoma de México, del Instituto Nacional de Bellas Artes, incluido el Palacio de Bellas Artes, en espacios culturales y en festivales de trascendencia en los años ochenta y noventa: Festival Internacional Cervantino, Festival de la Ciudad de México, Festivales de Teatro y Danza de Tabasco, los festivales internacionales de Aguascalientes, Chiapas, Chihuahua, Ciudad Juárez, Coahuila, Colima, Durango, Guadalajara, Hidalgo, Mexicali, Monterrey, Nayarit, Oaxaca, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán y Zacatecas.

En esas dos décadas se estrenaron las obras Bodas del quebranto, Golpes de tierra, Himno, Entrega inmediata, Misa en ti, El águila dorada, Brevedanzaparaunlargoadiós, La semilla y Amor de Peregrina (creada para la Compañía de Danza Contemporánea de Yucatán). En 1983 recibí un reconocimiento especial de la Universidad Nacional Autónoma de México y en 1986 el Instituto Nacional de Bellas Artes me otorgó una mención honorífica especial como “Creadora artística en el área de coreografía”. 

También en las décadas de los ochenta y noventa, la Secretaría de Relaciones Exteriores de México apoyó la presencia artística mexicana en el extranjero. Así fue como presenté mis espectáculos en la India, Kenia, Egipto, Festival de Lille y Socheaux en Francia, Festival Internacional en el Noreste de Alemania en Francfort, en Kampnagel de Hamburgo, en el Festival de Arte Escénico de Colombia y Costa Rica, en el Festival de Cádiz y en Madrid, en varias teatros de las ciudades estadounidenses de Houston y El Paso Texas, Phoenix Arizona, Kansas City, Chicago Ill., en la Brooklyn Academy of Music de Nueva York y en Canadá.

Durante esos años de creación coreográfica y giras nacionales e internacionales me nutrió viajar a sitios del primer mundo en cuanto a pensamiento creativo, Alemania, Francia, Nueva York y Canadá; me di cuenta de que me podía comunicar y confrontar con los artistas escénicos que iba conociendo. Quedé sorprendida con Egipto, Kenia, España, Costa Rica; y en Oaxaca, Tabasco, Chiapas, Zacatecas, y Colima, en donde pude constatar que un historial de antigüedad puede estar presente en la creación contemporánea.

Fui miembro del Sistema Nacional Creadores de Arte del Fondo Nacional para la Creación Artística de 1991 a 1996. Dentro de este programa fui jurado de becas en el área de coreografía e impartí el taller “El cuerpo dentro del cuerpo” en varias escuelas de arte escénico.

Este milenio lo he vivido con la creación y presentación en largas temporadas teatrales de las obras Con tinta de hojas y Umbrales en la Ciudad de México, en Escocia, Inglaterra y Alemania; Concierto para el Castillo de Chapultepec y BÁ-SI-CO para un espacio alternativo de doce espectadores. Las giras en estos 16 años del siglo XXI no han sido abundantes; la globalización y el sistema económico neoliberal han llegado con fuerza a México e impuesto una política cultural confusa, cuando no nula. Pero mi concentración en la creación coreográfica y apertura a nuevas tecnologías, estrategias de trabajo y comprensión de las posibilidades expresivas de un cuerpo maduro, me han ayudado a formular textos, bitácoras de trabajo, metodologías de enseñanza y de entrenamiento personal.

En 2007 recibí el Premio Nacional de Danza José Limón “Por la calidad interpretativa que ha mostrado a lo largo de su carrera experimentando con la fusión de lenguajes, lo que la sitúa como bailarina de riesgo y emblemática en la danza contemporánea mexicana”. En ese mismo año fui becada por el Fondo Nacional para la Creación Artística como Bailarina con trayectoria destacada.

Desde 1999 soy investigadora en el Centro Nacional de Investigación de la Danza “José Limón”, del Instituto Nacional de Bellas Artes. En los primeros seis años coordiné el Seminario para artistas escénicos, cuyo objetivo fue reunir artistas escénicos mexicanos para reflexionar sobre diversos tópicos de la creación artística. Después de este tiempo quise involucrarme en investigaciones alrededor de la pedagogía de entrenamiento para mujeres en cuerpo maduro; di cursos y talleres con mi Metodología de entrenamiento y con La poética de la Enseñanza, y participé en textos de análisis alrededor del fenómeno de la danza tanto individual y nacional como colectivo e internacional. Me interesa la danza inmersa en el arte escénico, que abreva en el arte visual, la poesía y los recursos tecnológicos emergentes. Me interesa la percepción amplia del arte y el discurso generado por esta percepción, y me entusiasma observar las dinámicas de cambios, rupturas y consolidaciones que tiene la danza como arte primigenio y vanguardista. Me interesa seguir a la danza como disciplina artística sostenida en el cuerpo: entidad de inteligencia, subversión, imaginación, disciplina física y logro comunicativo.

He bailado durante 55 años sintiendo que nunca termino, transitando desde el aprendizaje ortodoxo de una técnica dancística, específicamente la clásica española, hasta la experiencia ininterrumpida de investigaciones temáticas de mis obras que me han llevado experimentar, innovar y aceptar.

Hoy, 2016, mi vida como bailarina, coreógrafa, maestra e investigadora en la danza sigue su curso creando Hipotermia, como miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fondo Nacional para la Creación Artística (2015-2017). Me veo creando con rigor y libertad. 

Y me sigo subiendo no a una silla sino a los foros a contar cuentos que escucho, que observo que suceden y que me suceden.

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